Es difícil precisar de qué se trata el psicoanálisis, sobre todo porque considero que se trata de una experiencia, y para hablar de ella es interesante poder transitarla.

Freud, el padre del psicoanálisis, sostenía que este estilo tan peculiar de psicoterapia era no sólo una doctrina y un método de investigación sino también y justamente un tratamiento, es decir, el psicoanálisis sirve más que nada para curar y por lo tanto el psicoanalista es entonces un clínico. Es condición para que el dispositivo analítico funcione como tal, para que el paciente se cure. Entonces lo que cura es la relación transferencial, aquella que se produce entre paciente y analista.

Para que esto suceda, es necesario que quien viene a vernos se asuma primero como paciente, esto es, que le dé estatuto de síntoma a aquello que le acontece, pretendiendo luego del analista un aval de ello. Sucede que el paciente cree que el analista tiene el saber de lo que pasa y esto es necesario que sea así para que la terapia pueda comenzar e instalarse la transferencia.

Luego veremos que el analista lo que tiene es el saber para dirigir la cura y hacer ver al paciente que es él mismo quien tiene las herramientas para descubrir y asumir lo que es como sujeto, diferente a los demás y lo que su síntoma es para él.

No se trata de cambiar nada en el paciente, más vale hacer que él descubra lo que ya tiene y que al descubrirlo eso lo ayude y lo aliviane.

Para esto el psicoanalista deberá crear las condiciones que lo posibiliten, volviéndose así “semblante”, es decir, observando al paciente en su modalidad de estar y habitar el espacio y también de relatar sus historias. El analista entonces así se posicionará de una manera atractiva para facilitarle al paciente transformarse en analizante. O sea, en alguien que se responsabilice por sus distintos decires y puestas en escenas en el consultorio: dichos, equívocos, olvidos, actos fallidos, etc. En alguien que advierta que en ellos puede estar emergiendo lo que la represión o la renegación tratan de ocultarle y que, al ocultarlo, hacen que operen en y desde lo inconsciente, produciendo síntomas.

El objetivo del psicoanálisis es trabajar con el analizante para que lleve adelante lo más posible sus deseos, con el fin de que sus goces (lo que nos lastima en lo más profundo del cuerpo pero que no podemos evitar) se acerquen también a aquellos lo más posible.

El único modo que hay es trabajando con la palabra, con el discurso del analizante, lo que trae para decir y lo que dice más allá de lo que cree que está diciendo (he aquí la importancia de la presencia del analista para que articule la relación de una manera tal que el analizante se haga oído de lo que él mismo dice). Por eso el psicoanálisis es una praxis que se toma su tiempo, porque los tiempo son en realidad los tiempos que marca el inconsciente. Esto a veces molesta, porque estamos acostumbrados a consumir en cada momento lo que se antoje (antojo no es lo mismo que deseo); hay una infantilización de la sociedad actual en donde todo capricho es posible de ser colmado, habiendo para ello todos los recursos, pensar no más en las infinitas posibilidades que otorgan las tarjetas de créditos, con sus infinitas cuotas también. En este punto el psicoanálisis irrumpe como práctica que está exenta de los tiempos posmodernos e invita al sujeto a volverse paciente (ser paciente con el tiempo y el tiempo lógico del inconsciente) y analizante en su relación con el analista porque esto le permite analizar y conocer los propios modos de habitar sus deseos.

No es un camino sencillo pero como camino es necesario transitarlo y quizás hasta aprender de él, para que cuando llegue el momento de llegar al final de éste, nos encontremos, no con lo que esperábamos, sino con lo que podemos construir a partir de allí.

Julieta Carla Vivono, Matrícula 7604
Psicóloga